TAILANDIA, EL PAÍS DE LA SONRISA. (PARTE I)

abril 25
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El año pasado me prometí a mi misma que mi próximo viaje sería a Asia, quería conocer el continente antes de cumplir los treinta (sí, tonterías mías), y así ha sido. Acabo de volver de un país que me ha enamorado por muchas cosas, pero sobre todo, por la sonrisa perpetua de su gente.

En principio la idea era ir sola ya que desde el retiro a Italia le he cogido el gustillo y me parece la mejor de las opciones. Primero, porque viajar sola te abre a todo, no te queda más remedio, y segundo, porque miras hacia adentro a la fuerza, y eso es algo que intento hacer a menudo aunque muchas veces sea incómodo y prefiera mirar a otro lado. Sólo así vas descubriendo quién eres, qué te gusta o no te gusta de ti, entendiéndote, cuestionándote… Esas cosas que, yo al menos, evité durante mucho tiempo pero que son la única forma de aprender, mejorar, y crecer a nivel personal.

Y digo en principio porque tras una de mis sesiones con Leti, mi psicóloga, no sé muy bien cómo pero acabamos viniéndonos arriba y decidiendo que nos íbamos juntas. Las dos empezamos a practicar yoga a la vez, ella también quería ir a Asia, ambas buscábamos retiro, y la idea de poder compartir doce días con ella me pareció una oportunidad de oro para intentar absorber algo de su forma de pensar y sus hábitos envidiables. (En lo más profundo de mi ser también esperaba que se me pegara la definición de sus muslos pero supongo que para eso también hacen falta algunos miles de sentadillas). Las dos queríamos un poco de “Ahora”y así fue.

Reloj: Happy Ideas

Vale, teníamos fecha y vuelo, reservamos seis noches de doce, el estudio de yoga, y para de contar. Pasaban los días, se acercaba la fecha, y yo, friki absoluta del control, me subía por las paredes de ver que no teníamos nada planeado ni vuelos internos comprados. La incertidumbre de no saber dónde íbamos a dormir el resto de noches ni qué íbamos a hacer, ruta, etc, me quitaba el sueño, pero ambas estamos desbordadas de trabajo y literalmente nos fue imposible.

Así que, llegó el día. Yo llevaba una mochila tamaño ridículo que me prestaron con tres camisetas viejas, unas bermudas de abuela que Leti miraba mal aunque no me lo dijera y un vestido roto. No, no estoy de broma. Rollos míos de logística homeless. Me lo tomé como un reto, doce días con cuatro trapos y las mismas sandalias de playa. Si lo superaba conseguiría bajar mi nivel de “necesidades” y eso siempre es bueno.

Tras quinientos millones de horas de vuelo en las que no pegué ojo y me dediqué a mirar (y a envidar) como La Leti Durmiente dormía a pierna suelta en el asiento de al lado, llegamos a Bangkok. Ahí estábamos con nuestras mochilas, un mapa, y sin tener ni idea de a dónde íbamos. El tema prometía, yo cerré los ojos mentalmente y me abandoné al destino. Si salía bien genial, si no ya sabéis mi filosofía, más chicha para el libro.

BANGKOK

Del aeropuerto al centro utilizamos el servicio de tren express, muy fácil y baratísimo (Comparado con Londres insultante). De ahí enlazamos con metro hasta llegar a Hua Lamphong, la estación central de trenes, donde compramos el billete para el tren nocturno que nos llevaría a Chiang Mai esa misma noche. Es una forma genial de ahorrar una noche de hotel y vivir una experiencia de mochileo con más gente sin duchar ni maquillar como tú. Totalmente recomendada para quien quiera aventura y esté cómodo oliendo pies ajenos.

Una vez tuvimos en la mano el billete y una preocupación menos nos lanzamos a la calle a ver Bangkok. Llegamos a la esquina de enfrente de la estación y ya perdidas dimos la vuelta para preguntar a dónde podíamos ir. Sólo teníamos unas horas hasta que el tren partiera y queríamos aprovecharlas. Entonces, apareció una sonrisa gigante y dos mofletes preguntando si necesitábamos tuk-tuk (taxi-moto decorado de una forma muy particular), a lo que fue imposible decir que no. Y él fue el primer regalo del viaje.

Sakol, o Copter para los amigos, taxista y bonico de la yaya, se ofreció a llevarnos por los sitios clave de Bangkok, esperándonos en el taxi y acompañándonos todo el día hasta la hora de coger el tren. Al decirnos el precio no se nos ocurrió regatear, al contrario, miramos al cielo y dimos gracias. Esto empezaba a coger color. Subimos al cochecito y nos adentramos en el gran y caótico Bangkok.

La comunicación no era muy fluida entre nosotros debido la diferencia del lenguaje, así que él nos llevaba a los templos más famosos creyendo que era lo que queríamos ver y nosotras bajábamos cinco minutos para no hacerle un feo y volvíamos corriendo pidiéndole que nos llevara a comer noodles. Éramos dos lobas hambrientas y él estaba empeñado en que viéramos los templos. A mi me daba la risa, aunque para sonrisa la suya. Nunca jamás me había encontrado con alguien capaz de sonreír seis horas seguidas, incluso mientras esperaba en la salida del templo a cuarenta grados a la sombra. No nos entendía, ni nosotras a él, pero daba igual, sonreía como si fuera la persona más feliz del planeta. Le pedimos que viniera con nosotras en cada parada que hicimos y pasamos de ser dos a tres, hinchándonos de sopa picante y Pad Thai en sitios que en España hubieran sido cerrados por una inspección de sanidad.

El masaje tailandés no faltó,  aunque a mi más que masaje me pareció una tortura. Primero porque nos lo dieron en camas de madera en el suelo, en un primer y oscuro piso que olía a rancio, y segundo, porque creía que en uno de esos movimientos me partía el cuello o la espalda. Literalmente la chica me pisoteó, se subió encima de mi espalda, me giró el tronco creyendo que mi espina dorsal era chicle y yo recé todo lo que supe para no salir parapléjica de ese local. Cuidado con el masaje que pedís, lo digo muy en serio. Aprendí que a partir de ese momento especificaría muy bien que quería el relajante.

Casi al final del día conseguimos mantener algo de conversación con nuestro nuevo amigo y tuve que hacerle mi pregunta de rigor. “¿Te gusta tu trabajo?”. Necesitaba saber el por qué de esa sonrisa constante, me llamaba muchísimo la atención. Me contestó que no le gustaba, que era muy estresante conducir en una ciudad como esa, pero que se concentraba en la parte buena de conocer cada día a mucha gente y poder hacerles felices llevándoles a sus destinos. Su frase fue: – “Me hace feliz poder hacer feliz a la gente”. Leti y yo nos miramos y no hizo falta abrir la boca. Primera lección a la saca. Mierda, la mochila se me iba a quedar pequeña.

Llegó la hora de partir hacia el Norte y quedamos en que nos volvíamos a ver a nuestra vuelta a la capital. Intercambiamos WhatsApp y nos añadimos a Facebook, oficialmente tenía un nuevo amigo. Repito, la cosa iba cogiendo color.

Subimos al viejo tren, que cómo mínimo tendría cien años, con literas inferiores (a la altura de la ventanilla) y superiores (claustrofobia total), provisto de cortinas de raso azul eléctrico que le daban un aspecto entre vintage y de prostíbulo. Como compramos el billete a última hora nos tocaron las de arriba. Mala suerte, chatas. El baño, compartido por medio tren, mejor no describirlo. Sólo digo que nunca lo olvidaré. Era necesario saber aguantar el equilibrio y la respiración, todo a la vez. El espejo, una burla para nuestras rutinas faciales nocturnas que volvieron a ser ignoradas por segunda noche consecutiva. Drama Volumen I.

Después de doce horas intentando dormir (las chinas de las literas de abajo entraron en modo Furby loco y lo dieron todo), oliendo a leonas y con la misma ropa por tercer día consecutivo, llegamos a la preciosa Chiang Mai. Nos íbamos a duchar en condiciones. Estábamos pletóricas.

CHIANG MAI

El hotel lo elegimos por recomendación de una amiga a última hora, como todo. Estaba a las afueras de la ciudad, un tanto alejado y a orillas del río. Muy económico y humilde pero con lo necesario. Es decir, una tabla de madera con un colchón para dormir, una ducha sin potencia ni agua caliente para practicar el taconeo y mosquiteras. Hollanda Montri Guest House se llama, lo cogimos mediante Booking fiándonos del maravilloso sistema de puntuación de los usuarios. (Mi vida no sería lo mismo sin las webs de valoraciones).

Tan sólo estaríamos tres días para hacer algo de turismo porque todo el mundo nos había dicho que el Norte es una parte que no te puedes perder. Chiang Mai y Chiang Rai son las ciudades más emblemáticas, aunque nosotras sólo pudimos estar en la primera, que personalmente me enamoró, y donde sentí por primera vez que verdaderamente estábamos en otro continente muy diferente al nuestro.

DÍA 1

Aprovechamos el día para ir andando al centro, aunque la humedad y el calorazo nos lo ponían difícil. Nos dimos cuenta de que la gente allí no anda, todos tienen moto, por tanto era difícil encontrar aceras en condiciones y nos tocó ir cruzando grandes calles con circulación en ambas direcciones a modo cabras. Me llamó mucho la atención que en las motos iban familias enteras, incluso con niños que no llegarían a los dos años, muchos de ellos sin casco. No soy excesivamente padecedora pero el tráfico es algo a lo que tengo mucho respeto y ver a esas criaturas tan expuestas ponía en tensión hasta los pelos de mis cejas. No podía dejar de pensar en los bebés de mis amigos, en sus sillas de seguridad para el coche de alta gama con acolchado resistente fabricado por la NASA. Qué injusto.

Paramos en algún que otro puesto de un mercadillo callejero y me llamó la atención un local en el que el dependiente era un niño y al lado, en el mostrador, su perro. Me hizo toda la gracia, luego me dio pena pensar en todas las veces que yo no pude entrar a algunos sitios en España porque iba con Berto. También tuvimos que parar cuando al pasar por una floristería nos dimos cuenta de que uno de los “empleados” que estaba ayudando a recoger tendría como mucho dos años. No media ni medio metro, era un mico, y cogía los cubos de agua que medían lo mismo que él y los vaciaba en la alcantarilla con una de esas sentadillas típicas de los bebés. Nos quedamos clavadas mirando la escena pero nadie más le daba importancia, parecía “lo normal”. Me dieron ganas de raptarlo y traérmelo a casa, aunque probablemente a la larga hubiera arruinado su capacidad para ser feliz.

Al acabar decidimos probar suerte de nuevo con un masaje, asegurándonos que entendieran que “No Thai, sólo relajante”. Las masajistas, muy amables, tampoco paraban de sonreír y decir gracias, aunque el hecho de que se arrodillaran a lavarme los pies me hizo sentir muy incómoda. Fue una de las cosas que peor llevé en el viaje. Yo también tengo manos, tomémonos un té y yo me lavo mis pies. O nos arrodillamos todos o aquí no se arrodilla nadie. El masaje fue mucho mejor que el anterior aunque nos llevamos sorpresa al final. A la hora de tratar el torso por la parte delantera ni toalla ni nada. Vaya, que nos masajeron los pechos tan ricamente. Toda una experiencia.

Tras el masaje, y de nuevo hambrientas, nos fuimos al mercadillo nocturno para probar algo más que noodles y disfrutar del Street Food. El nivel del picante iba subiendo, de hecho creo que es adictivo porque empezamos con una puntita de chili en polvo y el último día lo echábamos a cucharadas. Éramos un espectáculo, sudando y sonándonos pero aguantando como jabatas.

 

DÍA 2

El segundo día era el día que había estado esperando desde que supe que íbamos al Norte. La reserva de elefantes. Nunca había visto un elefante en directo pero de siempre me han despertado mucha simpatía y me moría por pasar un día con ellos. Aunque tengo que decir que mucho cuidado con ésto porque en muchos sitios los maltratan para domarlos y que la gente pueda montarlos. Así que nosotras nos aseguramos de que en el sitio al que íbamos no se montara elefantes y que estuvieran en libertad. El nombre exacto es Elephant Rescue Park y fuimos a ésta porque la que queríamos, Elephant Nature Park, la mejor valorada y recomendada por mucha gente, no tenía disponibilidad.

Llegamos y antes de nada nos explicaron como se fundó la protectora y hablaron del maltrato que sufren los elefantes en Tailandia. Se me puso el estómago del revés, no entiendo cómo el ser humano es capaz de ser tan cruel. Nos contaron la historia de cada elefante que íbamos a ver, el por qué habían sido rescatados, todos ellos bebés, y nos dieron un uniforme en color rojo tras explicarnos que sólo distinguen tres colores. El verde, el amarillo y el rojo. El primero lo asocian a comida tipo árboles, el segundo a bananas y el tercero a sus cuidadores. Nos dieron un montón de plátanos a cada uno y nos llevaron hasta ellos para hacer las presentaciones oficiales.

¡Mueres de amor! Así, literalmente. Nos esperaban todos detrás de una barrera de madera y ya sabían que íbamos a darles de comer. Uno en concreto estaba bailando con la cabeza de lado a lado de lo contento que estaba y todos intentaban seducirnos con sus trompas. Lo más sexy que he visto en mucho tiempo. A mí el que bailaba me llevaba loca, además de salao tenía una mata de pelos a modo pirri extra graciosa. Aprendimos a decir una palabra que ni recuerdo para dar la orden de que abrieran la boca y les metíamos el plátano directamente. Me sabía mal que no se lo peláramos pero a ellos les importaba tres bananas.

Fuimos todos de paseo, cada elefante al lado de su cuidador, andamos casi un kilómetro bajo la calina, subiendo por la montaña hasta llegar a un lugar lleno de árboles que parecía ser su buffet libre. Estuvieron ahí veinte minutos y yo me desmarqué para estar bien cerca del que me había conquistado. Me impresionó como arrancaba las ramas con la trompa para metérselas en la boca, con una fuerza que ya quisieran los de Mujeres, Hombres, Bíceps y Berzas. Me tenía loca.

Al acabar fuimos a descansar a la sombra y ellos jugaron con sus cuidadores, enseñándonos trucos como saludar a modo galán con la trompa cogiéndote la mano o tocar la batería con un palo de madera contra el suelo. También nos enseñaron que si les cogíamos la trompa y les metíamos agua de nuestra botella, la usaban para ducharse y refrescarse. Como dos locas taradas tardamos cero coma en correr a por nuestras botellas y darles todo el agua. No lo dijimos en voz alta, pero ambas creímos que habíamos nacido para ser cuidadoras de elefantes. Cuando los vimos hacer caca se nos pasó.

Bajamos paseando por una ladera y tuvimos la suerte de presenciar la escena de la foto de abajo. Ese chico no tiene una casa como nosotras, ni siquiera una habitación propia o un sueldo decente, posiblemente no tiene grandes proyectos de futuro pero sí cuenta con un amigo fiel con el que pasear de la mano por el medio de la selva sin más preocupación que la de encontrar un poco de sombra y arbustos frescos. En mi cabeza sonó una vocecita: -“Ana, te estás perdiendo algo y lo sabes”. – “Shhh, calla”.

Era la hora del baño, última actividad del día. Llegamos hasta un estanque con agua de dudosa transparencia y con un cepillo de lavar la ropa y un cubo nos metimos todos juntos en el lago, elefantes y humanos. Ellos cogían agua con sus trompas y nos la tiraban por encima duchándonos enteros y nosotros les frotábamos su piel dura como si quisiéramos sacarles brillo. Me hacía mucha gracia ver el pelo que tienen, como pequeños alambres por todo el cuerpo. También su mirada me fascinaba, tranquila y serena pero juguetona a la vez.

Dicen que los elefantes tienen la capacidad de notar lo que sientes y de empatizar contigo. Yo no sé si eso es verdad, pero creo que mi macho se dio cuenta de que sólo tenía ojitos para él y me pareció ver que me guiñaba un ojo. La despedida os la podéis imaginar, Drama Volumen II. Esa noche busqué el email de un santuario de elefantes que te da alojamiento varias semanas pero que tiene una lista de espera de casi un año. Estoy apuntada.

Por la tarde disfrutamos de los preciosos templos de la ciudad así como del obligado mercadillo nocturno que ponen el domingo. Enorme y perfecto para comprar detalles para la familia, cosas típicas hechas en Tailandia, o en nuestro caso, seis botes de Thanaka y nueve botellas de aceites esenciales puros para empezar a hacer mis propias recetas de cosmética natural.

DÍA 3

Este día fue el que menos me gustó porque queríamos visitar el Doi Inthanon National Park y la forma más fácil era hacerlo con grupo y guía, pero claro, perdimos el factor “aventura” y me sentí demasiado turista. Si volviera no dudaría en coger un mapa, alquilar una moto y hacerlo por mi cuenta.

Sin embargo, el lugar os lo recomiendo totalmente. Es la montaña más alta de Tailandia, un parque natural con una vegetación espectacular que cuenta con varios miradores, dos pagodas rodeadas de jardines de ensueño, varias cascadas que te hacen pensar que comprar un taparrabos y dejarlo todo es la idea de tu vida, un mercado local étnico con fruta y verdura orgánica y poblados habitados por tribus de diferentes étnicas como la tribu Mon o tribu Karen.

En nuestro caso, empezamos por la cima de la montaña, y fuimos bajando y parando en los puntos de obligada visita.

Las pagodas, espectaculares sobre todo por los jardines que las rodean, nos dieron unos minutos de paz absoluta en los que aprovechamos para cerrar los ojos y meditar mientras el viento soplaba de una forma diferente, acercándonos los olores de todas las flores que nos rodeaban. Algo que valoré mucho durante todo el viaje es la independencia de Leti y el hecho de que no necesitáramos hablar entre nosotras. Lo agradecí infinitamente ya que no es tan fácil encontrar a gente que esté a gusto en silencio, cosa que para mí es fundamental. Ir de viaje con alguien que no para de hablar me parece la peor de las pesadillas.

Bajamos al mercado local para almorzar y pensé en comprar dulces, para qué voy a mentir. Leti, sin embargo, cogió una bolsa de mini fresas y me explicó que no por estar de vacaciones tienes que olvidar tus hábitos saludables. Que es algo que tiene que ir contigo a Tailandia, Nueva York o China. Acabé comiendo mini fresas mientras miraba de reojo los dulces, aunque sabía que tenía razón y que es algo en lo que tengo que trabajar. No por estar fuera de mi rutina tengo que mandarlo todo por los aires, que es mi tendencia, si no encontrar el equilibrio.

 

En la foto de abajo, una local nos enseña el modelo de conciliación laboral que tienen en el país, ocho horas de mercadillo con tu bebé cargado a las espaldas. 

Antes de ir a una de las cascadas nos llevaron al poblado de la tribu Mon, con literalmente diez casas, algunas sin luz, gallinas paseando a sus anchas, y donde habían varias chicas sentadas tejiendo la ropa que luego venden. De nuevo me sentí incómoda. La sensación de bajar de una furgoneta con doce personas más, una guía, todos con cámaras de fotos, y que las propias personas fueran la “atracción”como si de un zoo se tratara fue algo que me dejó con mal sabor de boca. Quizá es sólo la forma en la que yo lo viví pero no me gustó. De hecho, hubo gente que ni preguntó a la hora de hacerles fotos, incluso aunque había una nena pequeña. Creo que una de las chicas se percató de que me había quedado en un rincón mirando al bebé, los demás ya se habían ido a ver el poblado pero yo quería estar sola y desmarcarme del grupo. Me hizo un gesto para que hiciera una foto, su sonrisa claramente mostraba que no le importaba en absoluto. Me hubiera encantado quedarme horas allí mirando como tejían sin necesidad de hablar, sin música, meditando a su manera, en un poblado perdido en la montaña. Me hubiera encantado sentir lo que sentían.

La excursión acabó con la visita la cascada Wachirathan, que me recordó la fuerza que puede llegar a tener la naturaleza. Era un espectáculo para los sentidos. El sonido del agua, la serenidad de la piedra, el brillo deslumbrante del sol asomando por arriba, la olor a verde de la vegetación que lo envolvía todo. No hacía falta hablar pero volví a escuchar la voz: – “¿En serio no ves que te estás perdiendo algo?” – “Que te calles”.

Por supuesto, huyendo de los turistas y perdiendo la noción del tiempo subimos a la parte más alta, donde había un banco perfecto para sentarse a contemplar el regalo presente. Nos perdimos entre conversaciones existenciales, hablando de metafísica, visualización, metas, hábitos, de pasado, presente y futuro, con esa intensidad que tanto me gusta y que con tan poca gente puedo compartir. Nos interrumpió la guía visiblemente sofocada porque había estado buscándonos para no dejarnos en tierra. Ups, sorry. Hora de unirse a los demás guiris.

Volvimos al hotel y preparamos las mochilas para el día siguiente. Era hora de mover a la isla, era hora de parar.

KO LANTA

Del Norte nos íbamos a la parte Sur, en concreto al Oeste, a la isla de Ko Lanta, también por recomendación de mi amiga salvaviajes. A la hora de elegir islas hay muchas opciones, nosotras nos decantamos por ésta porque habíamos leído que era una de las más tranquilas, no queríamos fiestas de estudiantes ni masas de turistas, y aparte, la idea era un mini retiro de yoga y allí encontramos el estudio perfecto.

Para llegar teníamos que coger un vuelo interno hasta la provincia de Krabi y de ahí que nos llevaran a la isla. No teníamos ni idea de cómo lo haríamos porque había gente que hablaba de Ferry, otros de coche privado, y también de furgonetas, pero no teníamos nada reservado.

Llegamos a Krabi y fuimos al primer mostrador que vimos que hacía transferencias a Lanta. Era ya tarde para el Ferry Express así que como opción económica sólo nos quedaba la furgoneta en grupo. Os recomendaría que lo miréis con antelación.

Cuando la furgoneta llegó, el hecho de que los cristales fueran tintados, la carrocería vieja y el conductor no tuviera la típica sonrisa tailandesa me mosqueó. Estaba nublado y el viento anunciaba tormenta, parecía que en breve iba a llover. Nos tocaron los asientos del medio, estaba llena de gente local que no hablaba palabra de inglés y que parecían enfadados. Había algo extraño, incluso vino a mi mente el tan conocido tema de tráfico de mujeres. ¿Y si nos secuestraban? Llamadme exagerada pero nos acabábamos de meter en una furgoneta llena de gente seria y con cristales tintados. Pensé que era una pena no tener datos para hacer un directo, hubierais flipado.

Estábamos cansadas y ya teníamos planeada nuestra postura para la siesta aprovechando las dos horas y media de viaje cuando de repente el señor conductor empezó a apretar el acelerador como si el mundo acabara. Al principio creíamos que se trataba de algo puntual, que estaba adelantando, pero al cabo de diez minutos y cuatro curvas complicadas empezamos a asustarnos. El límite era de cincuenta e íbamos a más de ciento veinte. Nadie parecía inmutarse, ni siquiera cuando sonó el móvil y él descolgó cogiéndolo con la mano y soltando el volante. Mirábamos por la ventanilla asustadas, agarrándonos fuerte a los asientos. Era imposible distinguir las casas de la carretera, eran simples manchas, y las vacas parecían guepardos de lo rápido que pasaban (Asumo que eran vacas, pero no está comprobado).  No podíamos más, alguien tenía que decir algo, alguien tenía que parar a ese loco. El hecho de que empezara a llover no le quitó las ganas de adelantar a tres coches seguidos en esa carretera de dos sentidos. ¡Queríamos llegar a la isla! Teníamos un futuro por delante, nos negábamos a morir así. Ya está, íbamos a decírselo.

“Señor, podría por favor ir un poco más…” Y entonces, ambas nos miramos y seguimos la frase con “ Des-pa-ci-to” entonando la canción de Fonsi que habíamos estado escuchando todo el viaje y moviendo las manos como en el videoclip. Putas taradas. De repente estallamos en carcajadas mientras el resto de la furgoneta tenía más miedo de nosotras que del conductor y empezamos a llorar de la risa. Creo que toda la tensión acumulada salió de esa forma y seguimos cantando a grito pelao. Él no quitaba el pie del acelerador y nosotras habíamos decidido que si moríamos sería alegremente. Me sorprendí pensando – “ Si mueres, ¿Estás contenta con todo lo que has hecho?” Repasé mi vida rápidamente y seguí riendo, llevo tiempo intentando asimilar el tema de la muerte; si había llegado la hora por lo menos estaba en Tailandia disfrutando de una libertad que me había costado mucho conseguir. Podía morir, lo único que me preocupaba es que doliera.

Sobrevivimos.

Pasito a pasito, suave suavecito, llegamos a Ko Lanta. El yoga y la meditación nos esperaban.

Continuará…

  1. Patri (amiga de Almu beauty)

    abril 25

    Que pasada Ana! Soy bióloga y para mí es un paraíso cada foto q subes. Los elefantes son increíbles, muy listos y con una memoria impresionante. Estoy segura q se acordará de ti si vuelves y me alegro mucho q fuerais a una reserva donde no les maltratan, xq subir a un elefante debe ser increíble, xo más bonito es verlo tal y como es.
    Yo el verano pasado fui a Japón y tb me enamore: de la gente y de su forma de afrontar la vida. De su educación y de su sonrisa eterna.
    Lo debe dar el continente 😊. Deseando leer la segunda parte

    • Ana Albiol

      abril 25

      Muchas gracias!! Japón está pendiente para mi vuelta al mundo, con curso de cosmética capo incluído. ¡Qué ganas! Un abrazo.

  2. Yolanda

    abril 25

    Me ha encantado leer tu diario de viaje.
    Me has contagiado tú energía,tus vivencias y preocupaciones pero sobretodo se ve tus ansias de libertad. Me he quedado con ganas de saber más.
    Tú eres una caña
    Gracias por relatar este viaje interior que sin duda te llevará a otro muy enriquecedor.
    Namaste 😘😘😘😘

    • Ana Albiol

      abril 25

      ¡Muchas gracias!Eso espero, me alegro mucho de que te guste el post. Un abrazo.

  3. Alicia

    abril 25

    Quiero más…..😇😇 . Mientras, te leo, te imagino a ti con tu alegría, tu sonrisa! y me haces sentir alegría, ilusión… reflexiono, y me haces Sentir un cosquilleo por la vida!! gracias! Quiero ir a Tailandia! ( estoy escribiendo esto con una sonrisa) gracias!

    • Ana Albiol

      abril 25

      Muchas gracias, jaja. El próximo la semana que viene, me alegra que escribas con esa sonrisa. Un abrazo

  4. Carla Serrano

    abril 25

    No se si me creerás, pero al terminar he pensado ¿Ya?.
    Cuantos dramas tenemos en nuestra vida por cosas que necesitamos, y cuantos son más felices que nosotros sin nada.
    La experiencia de los elefantes me ha conmovido y ahora estoy investigando porque también me gustaría convivir con ellos, no subirme a ellos sino aprender de ellos.
    Espero leerte pronto y gracias por el post
    Besos

    • Ana Albiol

      abril 25

      Muchas gracias Carla, son una pasada, echa un vistazo, claro. Un beso!

  5. María

    abril 25

    Hola Ana, la verdad es que no sé por dónde empezar, he llorado de la risa, y de tristeza leyendo tus letras, has vivido una gran aventura y sé que esta experiencia te ha hecho crecer como persona y por ello te doy mi enhorabuena, tienes madera de escritora, me he metido en tus relatos como si estuviera allí, ha sido genial, como cuando lees un buen libro y te metes en la piel del prota.
    Gracias por volver viva, sana y salva, sino quién me iba a enseñar a mí el ojo ahumado, las ansias vivas por los potingues, cremas y demás variados…jajaja. Un beso enorme y esperando, como no, esa continuación.

  6. Reme

    abril 25

    Qué pasada! como si estuviera leyendo un libro, imaginando todo, disfrutando y deseando leer la segunda parte. Como siempre ha sido un placer leerte.Un besazo

  7. Patricia

    abril 25

    Ademàs de al maquillaje tendrias que dedicarte a escribir! es una pasada como contagias tu entusiasmo!!!!! Ansiosa por leer la segunda parte de tu viaje.

  8. Naia

    abril 25

    Increíble Ana, qué ganas de leer la segunda parte. Ha debido ser una pasada de experiencia, y te la has tomado con mucho humor y positivismo, ya que muchas de las cosas que has mencionado… ejem ejem jajaja (los alojamientos me han recordado a mis primeros días de Oxford viviendo en el hostel… menuda experiencia!)

    Me encanta como escribes, un besazo desde Oxford <3

  9. Olga

    abril 25

    Me ha encantado tú “relato”. Sabes como transmitir y estoy deseando leer más. Gracias por ser tú. Un besito

  10. Isabel

    abril 25

    Me lo hubiera pasado casi todo el tiempo llorando de felicidad…..y si que sería un gusto leer un libro tuyo si es asi.

  11. Ilaria

    abril 26

    No nos conocemos, pero tenemos un amigo, o dos, en común…
    Pues yo como tu he ido a Tailandia en enero. El mio ha sido un viaje diferente, en grupo, pero lo que he vivido ha sido muy parecido a lo tuyo: una experiencia donde aprendes que no necesita muchas cosas para vivir, a parte disfrutar de las cosas pequeñas que te ofrece la vida. Hemos visitado practicamente los mismos sitios y a mi tampoco ha faltado el factor “aventura”, como durmir en trenes de los años setenta, subir una montaña y pasar la noche in the moddle of nowhere, viajar en barcos, autobuses, tuk tuk, y otra vez barcos, y coche, y andar, andar, andar….pasear con los elefantes, hacer yoga en frente al mar, bañarse con los peces de mil colores, comer comida tanto rica cuanto rara, y visitar tempios, y ententar a comunicar con esta gente que de inglès no sabe nada pero con una sonrisa contestan a todas las preguntas.
    Pues leer tu diario me ha dado la opurtunidad de vivir otra vez este viaje maravilloso. Gracias!

  12. laura

    abril 26

    ya? ya está? quiero seguir leyendo!! van a ser las 2 de la mañana y me pasaría la noche leyéndote!! estoy deseando leer la continuación y ni qué decir tiene que tu libro también. Supongo que te estás guardando muchas cosas pero me hubiera encantado la idea de que contaras día a día minuciosamente todo lo que viviste y sentiste. Me has trasportado a mi infancia, cuando leía libros de aventuras metida en la cama, cuando todos esos personajes me llevaban a vivir 1000 aventuras y perdía la noción del tiempo leyendo, esto a sido igual, sólo que me dejado con ganas de más. Ya casi no se encuentra gente con tantas ganas de vivir y eso pone los pelos de punta, por los demás por pena y por ti, por emoción. Que bien se te da escribir, leches!!! que bien se te da todo… debe ser por hacerlo con tanto amor, es ese el ingrediente secreto? Me despido hasta el próximo post. PD: No te guardes ni una letra, estoy deseando leerlas todas

  13. matilde azpitarte

    abril 26

    Me ha gustado mucho post y las reflexiones que te iban surgiendo. Yo siempre he viajado mucho y ahora lo echo de menos, aunque sé que lo retomaré. Viajar no sólo te abre la mente sino como tú dices, te obliga a “estar contigo mismo” y a mí me servía para darme cuenta de lo maravillosa que era y es mi vida y de lo poco que necesito para vivir.
    Gracias por invitarme de nuevo a la reflexión
    Tailandia queda pendiente así como tu segundo post

  14. Emilia

    abril 26

    Sabes que leerte engancha? Un relato muy emocionante, espero con ansia la segunda parte, gracias por compartirlo con nosotros, besos 😘

  15. Laura

    abril 27

    Que pasada! Planteate lo de escribir el libro. Tienes madera de escritora. Mira que no soy muy de leer libros, y leyendo el post me he quedado con ganas de más… hacía años que no me pasaba cuando leía algo, ya fuera un libro o revista. Esperando ese continuará como loca =)

    Y en cuanto al contenido… me has cambiado el concepto de viajar. Yo soy tenerlo TODO absolutamente planificado en cuanto a vuelos, hoteles y demás… y leyendote me doy cuenta de que tengo que cambiar el chip. No se porqué soy reacia a ir de viaje por Asia, sobretodo por el tema de la comida y de la higiene (bares, hoteles…) pero me ha picado la curiosidad de por lo menos conocerlo aunque sea una vez en mi vida.

    Un saludo!

  16. Hola buenos días, he llegado aquí por casualidad y me ha encantado y me quedo. De hecho acto seguido te he recomendado en mi blog. Soy de Valencia como tú y bueno, tengo bastante que leer de tu contenido para ponerme al día. Y he visto algún vídeo, son geniales. Y veo que amas la fotografía como yo. Un placer conocerte, espero tu visita.

  17. Eva Muñoz

    abril 28

    No quiero una segunda parte…. necesito un libro!!! sería un bestseller!!! os imagino en plan aventuras de zipi y zape.. me meo!!!!
    Me encanta tu entusiasmo, tu manera de ver las cosas… tu sencillez!!
    Yo también he estado en Tailandia, el año pasado en Japón y ahora en junio a China… Asia enamora, atrapa…y te cambia la vida, la forma de pensar… yo en otra época tuve los ojos rasgados jiji.

  18. Lola

    mayo 1

    Deseando leer la segunda parte!! Gracias por transmitir tantas cosas y ser un ejemplo de vivir con pasión! Me he partido de risa con el momento despacito 😂

  19. Alba

    mayo 6

    No me dejes así por Dios! Jo Ama wué maravilla! Te espero pronto o más bien espero leerte pronto! Besos y mucha luz!

  20. Muchas gracias para este articulo MUY interesante, espero poder ir en Thailande un dia en el futuro.

  21. ANA

    junio 24

    Buenos días Ana,

    Organizando mi viaje a Tailandia me he acordado del tuyo, y lo he vuelto a leer, espero traerme las mismas sensaciones que tu, pero para cuando la segunda parte?
    La espero ansiosa,,,,,,,
    Te mando un besazo, eres genial!!!!

  22. Pilu

    julio 8

    Ana guapa! Necesito desesperadamente la segunda parte del viaje!! Jajaja
    O al menos el nombre del centro de yoga al que fuiste 🙏🙏
    Un besito fuerteeee! Pilu.

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